Desde muy niño me gusta la cocina, recuerdo que en clase ya esperaba con ansia llegar a casa de mis abuelos para poder disfrutar de una comida con historia, sabor, con sentido y fundamentalmente hecha con amor. Las materias primas, ahora llamadas así, eran los huevos del gallinero de Doña Delia, mi abuela. Quitarme el uniforme del colegio, ponerme unas deportivas, unos pantalones cortos y una camiseta, era sentirme Messi entrando a un campo de fútbol, sólo que yo entraba al gallinero.

Con un canasto lleno de maíz, hojas de lechuga previamente cortadas de la huerta, tomates pasados y algunas ciruelas chamuscadas, llegaba para las habitantes de aquel lugar, el mejor de los catering. Yo sentía que me esperaban, que deseaban verme, que gozaban con mi presencia. Ellas querían comer y esa era la única realidad. Yo me tomaba mi tiempo, les llenaba los depósitos de agua y de maíz, limpiaba a mi manera, a la manera de un niño de 8 o 9 años, el suelo. Y llegaba la hora de recoger los huevos, el premio por dar de comer cada día que volvía de la escuela a las gallinas. Los ponía en una canasta cuidadosamente, cerraba la puerta de alambre y madera y me iba a la huerta a cortar lechuga, a sacar algunos tomates, algunas cebollas y unas patatas. En época de higos me subía a la higuera y con mis hermanos nos sentíamos los reyes del mundo al estar trepados allí comiendo higos hasta la saciedad. Ni hablar de los ciruelos y los manzanos. Mi abuela nos regañaba porque no le llegaban los productos para sus manjares. Le dejaba la canasta en la cocina y desde la higuera se sentía ese olorcito a cebolla rehogándose , a los ajos, al tomate frito, ese olor a casa de mi abuela, ese olor ÚNICO. Hoy, a mis 44 años, decido crear un emprendimiento en honor de mis abuelos, de mi infancia, de mi alimentación y de mis valores. Los “Secretos de la Abuela”, son los que conservo en mi corazón, los que nunca me contó, los que gracias a su generosidad, más que secretos fueron lecciones de vida. Ella, Doña Delia, mi abuela, como buena vasca me enseñó muchas cosas, entre ellas a disfrutar de la buena comida. Cocinaba con tiempo, con gusto y para muchos, aunque fuésemos pocos. Hoy quiero que tú, que estás leyendo esto, te sientas como yo me sentía cuando recogía los huevos del gallinero de su casa. Que sepas que estás esperando un plato de comida bien hecho, con el mismo sabor, amor o al menos lo intentaré, que ponía ella en sus platos. Quiero agasajarte con su cocina, con productos del campo, con mi tiempo y mi respeto, porque como las gallinas, yo quiero que me esperes, que desees verme, que goces con mi presencia, aunque sé cual es la única realidad, quieres comer. ¡¡¡Qué aproveche!!!